Entrevistas

Si luchas por la libertad tienes que estar preso, si luchas por alimentos tienes que sentir hambre.

Elena Poniatowska.

En el funeral, el jueves 15 de abril de 1976, Martín Dozal, con esa aureola de iluminado que siempre lo ha circundado, se dirigió al secretario de Educación Pública, quien leía su discurso a la orilla de la fosa:

-¿no se da cuenta de que no queremos oírlo, señor?

De golpe, el sepelio de José Revueltas adquirió fuerza, vida, política, capacidad de protesta y de indignación. Todos los presentes sintieron que los enderezaban por dentro, todos se dieron por aludidos. Éste no iba a ser un entierro lúgubre, solemne, acartonado.

Ema Barrón, la dulce esposa de Revueltas, no pasaría a la galería de viudas oficiales a quienes les rinden en Los Pinos, aquí no habría concesiones, ni medias tintas, ni melcocha de última hora. Surgió la canción de Violeta Parra:

Yo quiero que a mí me entierren

como un revolucionario

envuelto en bandera roja

y con mi fusil al lado.

Yo quiero que a mí me entierren

como un revolucionario

en el vientre oscuro y fresco

de una vasija de barro.

Salieron guitarras de aquí y allá, la cabeza blanca y revuelta de Juanito de la Cabada, algunos borrachitos de cantina que se asían a los monumentos, Olivia Revueltas quien entonó con voz llorosa “La niña de Guatemala, la que se murió de amor”, antes de que intelectuales, obreros, maestros y jóvenes, sobre todo jóvenes, líderes del 68 y estudiantes del post 68, aventaran puñados de tierra y flores sobre la caja.

“¿No se da usted cuenta de que no queremos oírlo, señor?”

Revueltas ya no tenía energía, Revueltas ni siquiera llegó a ver la versión cinematográfica de “El apando”, a pesar de la insistencia de Berta Navarro, de José Agustín. Revueltas estaba cansado, gastado hasta la cuerda. Revueltas, enfermo desde 1968 (¡Cuántas estancias en el hospital de la Nutrición!), ya no quería vivir.

“¿No se da usted cuenta de que no queremos oírlo, señor?”

En Lecumberri, compartía su celda con el poeta Martín Dozal Jottar. Todos los demás habían conseguido una celda propia, Eli de Gortari, Armando Castillejos, Heberto Castillo, Marcué Pardiñas, Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, todos los viejos, no así Revueltas que los domingos y los días de visita solía andar por los pasillos de acá para allá, de allá para acá, porque Martín estaba en la celda con su mujer. Entonces acostumbraba subir al polígono de la crujía, una especie de redondel, un minarete en lo alto, desde el cual se podía ver el aire, el cielo, supongo que las nubes. Si uno lo iba a visitar, él decía sonriente, jalándose su piochita que en esa época se parecía a la de Ho Chi-minh: “Vente, vamos a platicar allá arriba”. Miraba durante largas horas hacia el aire, miraba de frente, fijamente, sólo de vez en cuando, si algo lo hacía sonreír o reír, volteaba su rostro hacia el de su interlocutor para reír con él. José Revueltas estaba fuerte, dentro de lo posible, y airado; su traje de dril azul marino le daba una consistencia que no da el traje de calle o el andar en mangas de camisa (Revueltas casi siempre usó camisas de manga corta) en este otro mundo, el nuestro, el que (según nosotros) no está apandado.

-Quiero enseñarte unos poemas de Martín Dozal. Deberían publicarse ¿no crees?

Revueltas quería entrañablemente a Martín Dozal, a quien sólo pude atisbar de lejos, su pelo revuelto y un tanto evangélico, su larga y delgada figura, la iracundia que parecía tenerlo siempre atenazado.

“¿No se da usted cuenta de que no queremos oírlo, señor?”

En el Panteón de la Piedad, Martín Dozal dio el primer grito, vivas a Revueltas, goyas a Revueltas, abajos y mueras a los ministros burgueses. En realidad, mil hombres y mujeres protestaban contra esta apropiación que hace el gobierno de los intelectuales, los mismos a los que ha perseguido y encarcelado. La primera fue la de David Alfaro Siqueiros, quien la propició al abrazar (¡oh, cuán absurdamente y con cuánta debilidad!) a Adolfo López Mateos. Para él fueron los homenajes en grande, los festejos, la floritura, la fanfarria, el tributo nacional, la rotonda de los hombres ilustres, el monumento a la posteridad. Después siguieron otros reconocimientos oficiales, el último a Silvestre Revueltas, al que asistió el propio Revueltas, ya muy enfermo, muy triste, muy hermano de su hermano el muerto, delgadísimo, sombrío, ya que unos cuantos días después habría de caer en la fosa de la depresión, una depresión que le hizo canjear el vino blanco por el vodka y eliminar casi por completo cualquier tipo de alimento. Ya para entonces, Revueltas decía que si lo querían que les demostraran su amor dejándolo hacer lo que él quería, respetándolo hasta lo último. Así se lo escribió a su esposa, a sus hijos.

“¿No se da usted cuenta de que no queremos oírlo, señor?”

En el Panteón francés de la Piedad, se cumplió el poema de Enrique González Rojo, “La alternativa”.

“¿No se da usted cuenta de que no queremos oírlo, señor?”

En su pequeño departamento de la avenida Insurgentes, Ema Barrón lo atendía silenciosamente. Tenía una actitud bien bonita de respeto y de ternura:

-José, voy a la tintorería.

José en realidad no se dirigía más que a ella, pequeña, delgada, dulce y sin embargo firme. A mí siempre me gustó su seriedad y la gravedad con la que escuchaba las palabras de José. Aunque hubiera algún visitante, el interlocutor de Revueltas siempre era Ema, sólo Ema.

Berta Navarro advierte con una voz muy triste, muy delgada, mucho más lenta que la habitual: “Está en terapia intensiva. Pasé toda la tarde en Nutrición. Me dejaron entrar a verlo. Ya no hay esperanzas. Después de dos infartos, vino el derrame cerebral. Ojalá y no sufra. No, no, ya no hay esperanza, ninguna, de veras, ninguna, ya ninguna. La pobre Ema está allá de día y de noche. Ha sufrido muchísimo”.

“¿No se da usted cuenta de que no queremos oírlo, señor?”

Ema se quiere ir, Ema empaca sus vestidos, Ema ha acabado de estar en México. Lo único que quería Ema era a José. Sin él, la ciudad no tiene sentido. Sin él, la vida en México tampoco lo tiene. ¿A qué quedarse? Lejos de ella cualquier pretensión a viuda de escritor famoso, cualquier deseo de intervenir, influir, opinar, aclarar, revelar. Si José ya no está, ella tampoco quiere quedarse. Chicana, Ema se va con la misma humildad, la misma modestia con la que amó y cuido a Revueltas.

Revueltas la amaba.

Le comunico a Monsiváis que tengo este fragmento de entrevista cuya primera parte se publicó ya en el suplemente. La que se quedó es la que traigo aquí. Fue hecha en su departamentito de la avenida Insurgentes bajo la mirada vigilante de Ema Barrón de Revueltas. En Lecumberri alguna vez también platicamos, interrumpidos siempre por “la visita”, su familia, sus amigos siempre disímbolos en ideas políticas, en su formación, en su fortuna. Revueltas los quería, los respetaba a todos, aunque no compartieran su ideología. Ni siquiera eso impedía la amistad. Emma Godoy, por ejemplo, estuvo siempre al pendiente. Recuerdo especialmente a Eunice Odio, quien no compartía ninguna de sus ideas y llegaba los domingos con sus vestidos floreados, sus chinos sobre la frente, una canastita de mimbre y su generosa sonrisa de mujer que se expone. Una mañana también nos sentamos en una banca afuera en un jardín feo, lacio y pelón frente a Lecumberri, Eduardo Lizalde y yo. Sólo tengo presente que estábamos desanimados. En otra ocasión, capte al vuelo la alada figura de Enrique González Rojo subiéndose a un camión. Él era de los espartacos. Rosaura hacía cola con una bolsa de mandado, sus trenzas anudaban en un chongo severo. Todos los domingos venía de Cuernavaca. Otra hermana cargaba una ollita de peltre. En Lecumberri, Raúl Álvarez Garín y Luis González de Alba me dijeron un domingo casi con alegría: “Hoy en la noche vamos a cenar con Revueltas porque es su cumpleaños”. Más tarde también, José Agustín habría de comentar qué ilusión le causaban sus encuentros con Revueltas allí en la prisión, cuando ambos hablaban de sus cosas, de aquello que más les apasionaba: las letras.

-Pepe, hay una cosa que no me contestaste y que me impresiona mucho de ti: ¿Por qué te has aventado tanto, te has expuesto tanto en un país donde lo que impera es el medio tono, el tono menor, el no jugársela, el acomodarse?

-Pues es una vocación como la de ser plomero o la de ser albañil.

-Pero ¿cómo va a ser una vocación forzar tanto a la propia naturaleza? Además, un albañil o un plomero lo son porque no pueden ser otra cosa… Insisto en que tu actitud de sacrificio se asemeja a la de una vocación religiosa…

-(Ríe) ¡Otra vez la burra al trigo! En cierto sentido ¿por qué no? Si tomamos la religión en el sentido de los mitos.

-Pero y tú, ¿qué mitos tienes?

-Yo tengo mitos materialistas. Como lo decía Mariátegui y yo lo dije en una conferencia en la Ibero, el hombre no puede vivir sin mitos, pero el mito hay que tomarlo como a la ideología; la ideología es inevitable. Creo que la filosofía supera a la ideología, que la ideología es una falsa conciencia, pero para movilizar a las masas, mover palancas históricas (vamos a darles ese nombre), necesitas de ideología, de la religión y de la política e inclusive de la literatura, ¿por qué no?

-Te digo todo esto, Pepe, porque cuando leí El Apando me pareció que tu no condenabas ni tomabas partido, que presos y policías para ti son lo mismo; su condición se asemeja, los dos están esclavizados, los dos presos, no hay uno que sea mejor que el otro y El apando termina en la destrucción de ambos, la muerte de hermanos. Creo que tú tratas bien a los policías y te solidarizas con ellos, no por caridad cristiana, pero sí por una solidaridad que emana de la actitud de los primeros cristianos…

-Los trato metafísicamente, es un problema metafísico… Lo que dices es evidente y que bueno que lo hayas observado: yo igualo a los hombres, al verdugo y a la victima…

-Como Sartre.

-Es una cosa que después leí en Sartre, o la leí coetáneamente. Lo mismo es el verdugo que la víctima, se hermanan en posición dialéctica. Yo te necesito como mi víctima y tú me necesitas como victimario, si no, no habría esta relación contradictoria, amarga si tú quieres, todos los adjetivos que quieras ponerle…

-El amo y el esclavo; Hegel…

-Sí exactamente.

-Es que yo siento que a través de toda tu obra, a través de toda tu vida, hay, si no una vocación religiosa, una vocación moral, una vocación de servicio… Si no ¿por qué estarías siempre explicando moralmente tus libros, justificándolos? En cierta forma, los quieres salvar, salvar a tus personajes y nos das razones y nos explicas por qué son malos, por qué crecieron torcidos, el daño que les hizo la sociedad…

-Una creencia particular mía desde el punto de vista del método es no dicotomizar – el bueno en un lado y el malo en el otro-, sino interpenetrar esos contrarios, saber que el malo es bueno y que el bueno es malo, pero no delineados de una manera específica porque si no estaría yo escribiendo como los realistas del siglo XIX, el naturalismo, más bien dicho, Zola, la prostituta redimida, el ladrón regenerado. Se trata de ver a la humanidad en su multiplicidad, en su pluralidad desgarrada.

-Tienes que plantear la realidad tal y como es…

-Sí, procurar ser lo más ecuánime posible…

-Es que tus personajes son siempre militantes del partido comunista, presos, obreros o campesinos. ¿No hay en ello algo de misión salvadora?

-No, yo no pretendo erigirme en un Eugenio Sue, proteger a los pobres y fustigar a los ricos; los pobres, los campesinos, los obreros forman parte de la realidad que se me ofrece y la veo desde el punto de vista humano – el más general que pueda-, y  absorbiendo al ser humano en la medida de lo posible.

-Pero la condición de la política y el político es tener éxito, es decir, ser eficaz. ¿consideras que tú, como político –si es que te sientes político- o como representante de una política de izquierda, has tenido éxito?

-No, no he tenido ningún éxito… La política es una entidad no regida por leyes propiamente hablando, sino por instinto, precaución y astucia.

-¿Y crees que tú tienes instinto político?

– Yo puedo ser un político teórico pero no un político práctico. ¡La riego absolutamente en la práctica política, porque no tengo la astucia ni la malicia que se requiere! (Ríe). Las numerosas manifestaciones de mis fracasos políticos son un ejemplo irrecusable.

-Pero ¿qué consideras fracaso? ¿Qué te lleven a la cárcel o no ser eficaz?

– Que no he logrado realizar la política en la realidad objetiva.

– Pero ¿quién lo ha logrado? ¿El PRI?

– A su modo sí. Pero yo pretendo una política de otro tipo, una sobre política, pero ésa no se puede hacer sino en un país desarrollado en donde haya libre cambio de ideas. En Francia, yo podría haber tenido más éxito, no en un país del tercer mundo como lo es el nuestro.

-¿Por qué dices Francia?

– Digo Francia como podría decir Suecia o Italia donde también tienen un partido muy organizado.

-¿Consideras, Pepe, que la política ha sido una de las pasiones de tu vida?

– Evidentemente sí, porque para mí la política ha sido una cuestión de dualidad y de personalidad: el entregarme a una causa que considero justa. Sentí la necesidad de no estar encerrado en un circuito de inoperancia práctica. Desgraciadamente, no he podido dedicarme a la política, cosa que además no quiero (sonríe)… como si yo me propusiera hacer negocios, pues tendría éxito.

– No creo…

– Bueno, quién sabe…

– No creo que tuvieras ningún éxito…

– Quién sabe, es cuestión de poner un poquito de audacia, inteligencia y organización…

– Pero ¿cómo vas a tener éxito en los negocios, Pepe, si no has hecho uno solo en tu vida?

– Bueno (ríe), ésa es ya una parte secundaria del hecho… Me refiero a las potencialidades de un individuo dado.

– Pero tú no enfocaste tus potencialidades hacia los negocios.

– Jamás.

– ¿Qué te hubiera gustado ser, entonces?

– Nada, lo que soy.

– Es que a mí, Pepe, me interesa mucho el lazo entre tu vida vivida, tu vida de todos los días y tu literatura. ¿Reflejas en tu literatura los días de tu vida?

– Evidentemente, hay una gran cantidad de experiencias personales que desarrollo desde el punto de vista imaginativo para no ceñirme a una narración de efemérides…

– Bueno, para eso, un diario…

– sí, un diario estéril e informativo. A mí me gusta matizar la realidad, es decir, desrealizarla, hacer de ella otra, una realidad mítica, con personajes, con situaciones… (De pronto sonríe inesperadamente con su vaso de Carretones azul cielo en la mano, un vaso que Ema llena esporádicamente con vino blanco).

– Es que si yo te considero a través de tus libros, Pepe, El Luto Humano, Los Muros de Agua, Los Días Terrenales, sobre todo ésos, y también tu vida, siento que eres un hombre para quien la moral tiene una importancia enorme, ¿o no es así?

– Bueno, la palabra moral es muy chocante en sí misma.

– Pero existe.

– Existe una posición (ética) que es diferente a la posición moral. La moral tiene una derivación hermética, enajenante y enajenada, y la ética es una posición filosófica respecto a los valores que pudiéramos llamar más permanentes del ser humano. Yo amo al ser humano pero tampoco lo amo del todo; sé que el ser humano es un accidente de un determinado contexto geográfico, histórico, político y social: entonces es un ser transitorio que va a terminar su existencia, y me coloco en el punto más trascendente de la vida del ser humano con un patriotismo del hombre; amo al ser humano por encima de todas las cosas. Me parece un valor que ha sido creado a través de la historia, el valor más importante que tenemos en la tierra. Sobre esta base, mientras no tengamos otro valor…

– ¿Qué otro valor podríamos tener?

– No sé, el valor de la autosuperación del hombre, de la abolición de las guerras, de la implantación del socialismo en todos los países, el internacionalismo de todos los pueblos, de la libertad…

– Pero todo esto, Pepe, es un tanto utópico o ¿no te lo parece si piensas que estamos viviendo en el siglo XX? Sin embargo, tú, a pesar de que dices que amas al ser humano aunque no totalmente, has demostrado tener una gran capacidad de amor.

– ¿Por qué, Elena?

– Porque todos tenemos la posibilidad de escoger a quienes amamos, y tú amas simplemente al que te toca junto, al de Lecumberri, al vecino, sea quien sea. Te solidarizas con un montón de Changos que probablemente no volverás a ver jamás y que a cualquier otro le parecerían intolerables. ¿O no son para ti intolerables?

– Sí, evidentemente. Intolerables y repugnantes, pero la relación humana te obliga a tener contactos inesperados y sorpresivos. La sociedad humana no es lineal ni pareja, sino que las contradicciones de la sociedad humana se reflejan en tu propia persona. Entonces si luchas por la libertad tienes que estar preso, si luchas por alimentos tienes que sentir hambre. Ése es el tipo de contradicciones que se dan en una sociedad de clases y aun en una sociedad mucho más evolucionada donde no hay clases sociales, como por ejemplo, en la Unión Soviética.

– Entonces, ¿tú no puedes hablar de hambre si no estás muerto de hambre?

– bueno, yo así lo he llevado a la práctica, pero Tolstoi escribía del hambre y de los oprimidos sin necesidad de ser un oprimido o un esclavizado, sino tratando de penetrar en el individuo inmediato, su trascendencia como ser humano. Tú ves a un hombre comiéndose un plátano podrido y ves en él a todos los hombres.

– Y ¿por qué quieres que el plátano esté podrido?

– Porque estoy tomando al hombre en su extremo, al hombre que ya no tiene qué comer y que recoge un plátano ya putrefacto; entonces este hombre me da la clave de los demás, de la propiedad privada, de la falta de recursos.

– En El Apando, los dos personajes son espeluznantes y uno pensaría que su única solución sería desaparecer de la tierra, y sin embargo tú los pintas con amor.

– mira, son personajes que están en el límite exacto entres dejar de ser humanos y seguir siéndolo. Entonces ahí, en ellos se ve todo el desprecio de la humanidad en contra de sí misma, en contra de esas personas exacerbadas. Por ejemplo, voy a darte un ejemplo literario. Ferdinand Céline, en Viaje al Fin de la Noche, siempre situó a sus personajes en la desesperación total, en el fin último, con una especie de conciencia ajena que es el narrador, ¿verdad? Éste es el caso también de La Condición Humana, de Malraux, quien dentro de la revolución lleva a sus personajes a sus fines extremos. el hombre no se puede conocer sino en las situaciones más críticas. Conoces al hombre mucho mejor en la guerra que en la paz. Este hombre que come su pavo de Navidad, el 24 de diciembre en la cena de Nochebuena, y después se enajena y sale con un fusil a ala calle y grita “Viva Alemania”, éste es el hombre que me interesa, el real, el que sale a injuriar, a agarrar y matar judíos. A ver ¿quién es el hombre real? ¿El alemán virtuoso y correcto, respetuoso de su esposa y de sus hijos, o el que sale a la calle a matar, o el que después dirige un campo de concentración? Ahí lo agarro yo, ¿verdad?, en el campo de concentración. Es entonces cuando me interesa, y no en el momento que toma su cena de Navidad.

– bueno, pero en vez de pensar que el señor se va a agarrar su rifle y salir a matar judíos, ¿no podrías hacer la comida del pavo una cosa positiva y alegre, Pepe?

– (Ríe) No es eso, nada más tracé un simple contraste entre el pavo y el fusil antisemita. Hubo una película maravillosa de Paul Muni donde justamente se plantea este problema; Paul Muni es un médico alemán en alguna parte de Inglaterra que durante la guerra se asoma a ver los comercios alemanes a los cuales les están arrojando piedras, vidrios y basura y se pregunta : “Bueno, ¿y dónde están Hanz y Friz y Gunther y zutano y mengano y perengano?”

Y por el solo hecho de estar allí, lo acusan a él de ser espía, por ser alemán. Es una película muy bella, con Ingrid Bergman. La minoría pensante siempre está fuera o está presa, Mira el caso de Chile. Éste es el problema que yo estudio tanto y que todavía no he resuelto, el que plantea Hegel en su Fenomenología, es decir, cuando la idea se inserta en las masas, en la cotidianidad, se deforma y hay que rescatarla mediante la crítica. Y la crítica, en la historia, es una crítica revolucionaria; es la revolución misma. La armas de la crítica – dice Marx – se convierten en crítica de las armas, lo cual ilustra muy categóricamente el hecho de que tú primero criticas desde el punto de vista teórico y después desde el punto de vista práctico, y la crítica se convierte en levantamiento armado, ¿no?

– En Los Días Terrenales haces una reflexión que me impresiona mucho: “Parece un cura rojo”. ¿No crees que la izquierda mexicana es un poco un cura rojo, una bola de beatos rojos?

– Lo escribí con ese propósito exactamente. Se refiere al personaje de Fidel en Los días Terrenales. Pero ahora soy aun más categórico. Sí, considero que la izquierda tiene esa actitud de cura rojo y además la sigue teniendo en el mundo, en todo el mundo. Los izquierdistas del mundo entero son herméticos y dogmáticos, y consideran no políticamente la situación de izquierda sino religiosamente, entonces excluyen a los heterodoxos de una manera categórica y terrible.

– Y al decir esto, Pepe, ¿no estás fallando en tu solidaridad con las izquierdas por la cuales has luchado durante toda tu vida?

– No, porque yo considero que la crítica es una cosa muy importante; yo tengo un espíritu crítico y creo que un espíritu crítico no se somete al rebaño de cualquier ideología.

– Dos cosas tuyas me han sorprendido en estos últimos años: tu actitud de defensa en el caso del poeta Heberto Padilla, de Cuba, y el hecho de que siempre estés encabezando manifiestos a favor de las minorías judías en la URSS. ¿A qué se deben estas dos actitudes?

– A una razón muy simple: siempre lucharé por la libertad y el libre criterio en cualquier país sea socialista o capitalista. Me pareció exagerada la actitud del gobierno cubano hacia Heberto Padilla y protesté desde la cárcel, así es de que no podrá decirse que fui un contrarevolucionario. Me llevaron el poema de Heberto Padilla y no le encontré nada; lo único que le encontré fue un pesimismo real.

– Y tú, ¿no crees que Fidel Castro tiene razón en desconfiar de los intelectuales?

– Yo creo que no, pues Fidel mismo es un intelectual, no vamos a hacernos tontos, y la revolución ha sido hecha por intelectuales. Marx, Lenin, todo el comité central del partido bolchevique eran puros intelectuales.

– Se dice que Fidel Castro desconfía de los intelectuales.

– Es muy natural, porque el intelectual tiene una actitud muy independiente. yo te digo que soy un intelectual marxista y sé someterme, entre comillas, a una situación dada en la cual no puedo desenvolverme muy libremente, pero lo hago por conveniencia de la sociedad, del Estado y del partido, pero esto no quiere decir que deje de reclamar y ejercer mis derechos a la exposición del pensamiento de una manera libérrima.

– Y en el caso de tus manifiestos a favor de los judíos en la Unión soviética?

– Leí con cuidado los materiales que me proporcionaron los compañeros judíos aquí en México antes de ir al congreso de Santiago de chile, donde estuve hace apenas una semana, ¿no? Así es que no obré de una manera voluntarista ni impensada. Hice una intervención en la que me refiero no a la discriminación judía en la Unión Soviética, sino a un hecho político mucho más importante: que los judíos son perseguidos en la Unión soviética no por el hecho de ser judíos sino porque son oposicionistas. En el judío hay una suerte de oposición intrínseca y yo me coloqué en este punto de vista, en esta posición, y mi intervención se publicó en Santiago, en Colombia, y fue traducida al francés.

– Pero hay una oposición intrínseca en el judío, o el judío está sujeto a una oposición?

– En un sistema más o menos totalitario como es el de la Unión Soviética, el judío tiene que estar en oposición por su manera de pensar, de ser, por su cultura, sus relaciones internacionales, su capacidad de esclarecimiento. No basta que haya una cantidad de sociedades judías en la Unión Soviética totalmente sometidas e incorporadas al régimen para decir que el problema está resuelto, porque no se trata de asimilar a los judíos sino de darles, como la tenían antes del estalinismo, una república judía que se llamaba Virubayán, que con la guerra fue trasladada a otro lugar. Así es que es un problema un poquito complicado: por un lado, la Unión Soviética no quiere permitir que emigren judíos a Israel por una razón puramente militar, porque van a dar elementos al ejército israelí con el cual van a estar en oposición en algún futuro próximo. Así es que hay problemas entremezclados muy especiosos y muy difíciles de elucidar…

Pepe y yo platicamos mucho, yo le interrumpía sin ton ni son cuando tomaba el camino de la filosofía, de las disquisiciones que mi ignorancia volvían lentas y farragosas, entonces con una impertinencia siempre tolerada volvía yo a temas “concretitos” y fáciles: sus gustos literarios, su amor a Tolstoi, su fe en José Agustín y en una… “compañera teatróloga que no sé si dejo de publicar o representar obras: Luisa josefina Hernández”… Revueltas siempre fue paciente y bondadoso. Lo era con todos. Nadie le pareció despreciable, nunca. Siempre escuchó y siempre respondió. Me ha dejado mucho material de entrevistas, muchas opiniones, muchos juicios. Aquí están al alcance de la mano, y sin embargo, lo único que resuena allá adentro, lo único que da vueltas por ahora, una y otra vez, es la voz de Ema Barrón de Revueltas a las seis de la mañana, el miércoles 14 de abril:

– José falleció hoy a la una y media de la mañana. Todavía estoy en nutrición. Lo van a llevar a Félix Cuevas a las once de la mañana. ¿No me podrías dar los teléfonos de Lizalde y de Labastida?

La Cultura en México (suplemento de Siempre!), No. 744, 5 de Mayo de 1976, pp. IX-XII

Ésta entrevista es parte del libro “Conversaciones con José Revueltas”, Andrea Revueltas y Philippe Cheron (compiladores). Ediciones Era,  2001.

Martín Dozal, en el funeral de José Revueltas, Ciudad de México, 15 de Abril de 1976.

Martín Dozal, en el funeral de José Revueltas,
Ciudad de México, 15 de Abril de 1976.

Lecumberri, 1970.

Lecumberri, 1970.

Para descarga:

En PDF el texto: “Si luchas por la libertad tienes que estar preso, si luchas por alimentos tienes que sentir hambre” aquí: https://joserevueltas.files.wordpress.com/2013/04/si-luchas-por-la-libertad-tienes-que-estar-preso-elena-poniatowska-sobre-josc3a9-revueltas1.pdf

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