Cartas

Carta de Pablo Neruda, enviada al presidente de México, Lic. Gustavo Díaz Ordaz, en Febrero de 1969. (Pidiendo la liberación de José Revueltas).

Me escriben que José Revueltas, el novelista, está preso en su patria, México. La noticia es áspera para quien lo conozca y a mí me provoca recuerdos y tristeza.

Esta familia Revueltas tiene “ángel”. En un país de creación perpetua, como el país hermano, ellos se revelaron excelentes y superdotados. Es una familia eficaz en la música, en el idioma, en los escenarios. Pasa como con los Parra de Chile, familia poética y folklórica con talento granado y desgranado.

Una tarde, al regresar de mis trabajos, encontré a un desconocido sentado en la sala de mi casa, en la ciudad de México. Yo no le veía claramente la cara porque se había puesto uno de mis sombreros de paja, pequeño y multicolor, comprado en la Feria. Debajo de sus alas una melena profusa y entrecana protegía su robusto cuello. Más abajo, venían unos hombros de coloso y un traje desaliñado. Junto a él había varias botellas de mi precioso vino chileno, estrictamente vacías. Se trataba del más grande, más original y poderoso compositor de México: Silvestre Revueltas. Me senté frente a él y de pronto levantó su cabeza de minotauro. Apenas abrió los ojos me dijo:

-Tráeme otra botella. Hace ya varias horas que te espero. Se me ocurrió pensar esta mañana que puedo morir un día de estos sin haberte conocido. Por eso estoy aquí. Es malo que los hermanos no se conozcan.

Era fantástico, pletórico y pueril. Era el gigante genial de la música de México. Tres días y tres noches se pasó en mi casa. Yo salí a mis quehaceres y volvía a encontrarlo sentado esperándome en el mismo sillón.

Repasamos nuestras vidas y las vidas ajenas. Conversábamos hasta muy tarde en la noche y luego él se echaba sobre una cama con el traje y los zapatos puestos. Al verlo dormido, yo le dejaba otra botella de vino, abierta, cerca de su inmensa cabeza. Así como llego a mi casa, un día desapareció sin despedida y sin ceremonia. Se había ido a dirigir los ensayos de su Renacuajo paseador, ballet clásico de nuestra época contempóranea.

Algún tiempo después, la noche del estreno, estaba yo en un palco. En el programa se acercaba el momento en que debía presentarse Silvestre a dirigir su obra. Pero en ese momento no llegó. Sentí que desde la sombra me tocaban el hombro. Mire hacía atrás. Su hermano José Revueltas me susurró:

-Vengo de casa. Acaba de morir Silvestre. Eres el primero en saberlo. Salimos a conversar. Me contó que se había agravado en los últimos días y que poco antes de morir había pedido que colgaran en la pared, frente a su lecho, el sombrerito de paja que se llevó aquella vez. Al día siguiente lo enterramos. Yo leí mi Oratorio menor, dedicado a su memoria. Nunca un muerto me había oído con más cuidado. Porque mi poema lo sacaba de las circunstancias y del territorio para darle la verdadera dimensión continental que le correspondía.

Hablando de los Revueltas, contaré que en Berlín me invitó Helene Weigel, viuda de Bertolt Brecht, a una función del Berliner Emsemble. Se daba una obra rusa del siglo pasado, en alemán, se comprende, con muchas damas y caballeros cazadores en escena. La protagonista era bella, festejada, fatal y natural. Miré el programa. La actriz era la hermana de los Revueltas, la mexicana morena Rosaura Revueltas. Allí estaba con su mirada negra, echando rayos y centellas y hablando en alemán, en una capital de Europa y en el centro del conjunto teatral más famoso del mundo.

Después de la función, le pregunté:

-¿Y qué hiciste para aparecer tan blanca en ese teatro de rubios? Pensé que te verías como una mosca en la leche. ¿Te pintaron?

-No –me respondió-. No te imaginas lo que pasó. Oscurecieron a los otros.

Pero, ahora, nuestro importante Revueltas es José. Contradictorio, hirsuto, inventivo, desesperado y travieso es José Revueltas: una síntesis del alma mexicana. Tiene, como su patria, una órbita propia, libre y violenta. Tiene la rebeldía de México y una grandeza heredada de familia.

Yo siento amor carnal por México con los altibajos de la pasión: quemadura y embeleso. Nada de lo que pasa allí me deja frío. Y a menudo me hieren sus dolores, me perturban sus errores, y comparto cada una de sus victorias. Se aprende a amar a México en su dulzura y en su aspereza, sufriéndolo y cantándolo como yo lo he hecho, desde cerca y desde lejos.

Por eso, con la tranquilidad que da el derecho ganado con amor, termino así esta prosa:

Señor Presidente Díaz Ordaz:

Yo reclamo la libertad de José Revueltas, entre otras cosas, porque seguramente es inocente. Además, porque tiene la genialidad de los Revueltas y también, lo que es muy importante, porque lo queremos muchísimo.

Pablo Neruda.

Éste texto forma parte del libro “Los Revueltas: biografía de una familia” de Rosaura Revueltas.

Editorial UJED, segunda edición 2010.

La Familia Revueltas, 1921. De pie: Consuelo, la prima Margarita, Silvestre y su primera esposa, Jule, Fermín, Emilia; sentados: Rosaura, doña Romana con Agustín en los brazos, Don José, Cuca; sentados en el piso: Luz, María, José.

La Familia Revueltas, 1921.
De pie: Consuelo, la prima Margarita, Silvestre y su primera esposa, Jule, Fermín, Emilia; sentados: Rosaura, doña Romana con Agustín en los brazos, Don José, Cuca; sentados en el piso: Luz, María, José.

Revueltas estudiando en su celda de Lecumberri, 1969.

Revueltas estudiando en su celda de Lecumberri, 1969.

Pablo Neruda, 1946.

Pablo Neruda, 1946.

Para descarga:

En PDF el texto: “Carta de Pablo Neruda, enviada al presidente de México, Lic. Gustavo Díaz Ordaz, en Febrero de 1969.  (Pidiendo la liberación de José Revueltas)” aquí: https://joserevueltas.files.wordpress.com/2013/04/carta-de-pablo-neruda-a-dc3adaz-ordaz-pidiendo-liberacic3b3n-de-josc3a9-revueltas.pdf

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